sustituir, olvidar

Hay un recurso que se ha utilizado en series y películas hasta decir basta. La propietaria de una mascota se va de viaje y deja al cuidado de la criatura a su hermana, su pareja o su mejor amigo. Por algún tipo de negligencia, durante este tiempo la mascota se muere y el responsable trata de paliar la pérdida comprando un animal similar. En ocasiones, cuestionando la inteligencia del dueño, como si no se fuese a percatar del cambio. En otras, como premio de consolación. Algo así como “inténtalo con uno nuevo”. Nunca le he visto la gracia a esto.

Creo que no soy excesivamente nostálgica pero miro con cierto recelo a quien es capaz de sustituir algo importante sin que le tiemble el pulso.

Me costó años deshacerme de mi coche anterior. Me había acompañado durante mucho tiempo y no me había fallado jamás. Ese coche tenía recuerdos, kilómetros de canciones, risas, peleas, preocupaciones, cafés y fiestas. También tenía años, pero la mera idea de sustituirlo con el único pretexto de pasar de un coche de marchas a uno automático me espantaba. Ese apego que padecemos algunas personas hace que solo se justifique el cambio cuando viene avalado por una razón de peso.

Durante años, estuve comprando pan a diario en una pequeña panadería del barrio. Antes de volver a casa al mediodía, pasaba por allí y cogía mi barra, envuelta en papel de estraza. Con suerte, me tocaba una hornada reciente y antes de salir ya había cortado un pedazo de pan caliente. Pocos placeres más sencillos. Cuando volví de unas vacaciones de verano y regresé ese primer lunes de trabajo a mi panadería, había sido sustituida por un local de venta de cables, enchufes y cargadores.  Sin aviso, sin despedida, sin nota de traslado. Está de más decir que no entré jamás en aquella tienda.

Hace un par de días mi amiga Silvia me dijo, haciendo referencia a la gente con la que nos vamos cruzando en la vida: “Últimamente bajo a más gente del tren de la que subo”. No me pareció preocupante, ni triste. Ni siquiera extraño. Algunos se bajan porque se han cansado de viajar o porque han llegado a su destino. Otros suben en una parada que no esperabas, se sientan a tu lado y te dan la conversación y la compañía que estabas esperando. Pero ni siquiera los que bajaron para subirse a un tren con otra dirección pueden ser sustituidos por nuevos viajeros. Solo una memoria mezquina querría hacer desaparecer el recuerdo de un recorrido en buena compañía.

Un vagón medio vacío siempre hace que el trayecto sea más cómodo, pero es imposible olvidar a quien fue un buen compañero de asiento. Te olvidas del sabor de aquella barra de pan, pero no del calor en las manos en los días más fríos, cuando te daban una recién salida del horno. Te olvidas de cómo se conducía con marchas, pero no de la música que en él sonaba y que hacía que ese coche fuera solo tuyo.

Sustituir es olvidar, de alguna manera. Y a mí no me gusta olvidar.

(«Nunca se olvida, simplemente se aprende a pretender que no se recuerda».)

 

Dicen que a los niños les tranquiliza conocer los detalles de algo que va a ocurrir. Si están viendo una película y por alguna razón intuyen que el protagonista puede morir o que en algún momento sucederá algo que les asuste, quieren saberlo antes de que ocurra. No importa si se arruina la sorpresa final, la antelación les confiere seguridad y la información hace que estén preparados, en mayor o menor medida, para lo que venga. Quizá por eso les gusta repetir una y otra vez la misma película. En cada visionado asumen un poco más lo que les gusta y, sobre todo, lo que no.

A mí también me gusta anticiparme a los hechos. Cuando tengo que ir a un lugar que no conozco, siempre lo estudio con anterioridad y con detenimiento. Cómo llegar, las calles por las que tendré que pasar, los aparcamientos, los locales más cercanos. Nunca me ha gustado dejar demasiadas cosas en manos de un factor sorpresa que no domino. Lo fortuito solo es atractivo cuando sale bien.

Qué fascinantes las mujeres que improvisan, con las que nunca sabes qué te depara la vida, con las que cada nuevo día es una nueva sorpresa, viajar sin destino y sin equipaje, desconectar, fluir…No soy yo.

Viajo con pasaporte y fotocopias de pasaporte. Si viajas conmigo, es probable que me haya hecho con una fotocopia de tu pasaporte. No preguntes cómo. Con lo que llevo en mi bolso de mano, podría sobrevivir un par de días. Antes de empezar un libro, me aseguro de que no hable sobre enfermedades. No leo libros sobre enfermedades. He dejado series a medias por la misma razón. Cuando me gusta mucho una crema o una barra de labios, compro tres, no vaya a ser que dejen de hacerla. Llevo zapatos de repuesto en el coche porque una vez se me rompió un tacón y fue incomodísimo. Hago fotos con el móvil de lo que me hace reír y de lo que me emociona y me lo envío a mí misma porque no quiero perderlo.  Si es muy bueno, también lo apunto. Este año por fin tengo una libreta para ello, una más. Porque el papel no falla, si acaso fallas tú. En un capítulo de The Office, Michael y Dwight logran demostrar que se puede fidelizar mejor a un cliente con métodos tradicionales que con una nueva y moderna web. Estoy pensando que ellos no son precisamente un buen ejemplo. Pero bueno, tampoco lo soy yo.

Si organizo un evento, jamás como algo que me pueda sentar mal las 24 horas anteriores. Voy a lo seguro. Cuando conozco a alguien, trato de escuchar más y hablar menos. Pongo tres alarmas para despertarme en intervalos de diez minutos. Odio las supersticiones pero soy víctima de algunas. Por ejemplo, asocio algunas prendas o colonias a cosas que me han pasado. Si no fueron buenas, puedo dejar de usarlas para siempre. Si fueron memorables, jamás me desprenderé de ellas.

Tanto control, tanta cautela y, sin embargo, no soy dueña de un solo momento. Cuando veo a un malabarista con demasiadas pelotas en el aire siempre pienso: Se le van a caer. Una de ellas romperá el equilibrio en cualquier instante y hará que todas caigan. Después descubro, con cierto alivio, que estaba equivocada. Que me anticipé y que fui yo quien falló. Algunas personas lanzan pelotas lejos solo por saber dónde llegan y a otras nos gusta voltearlas en el aire y recuperarlas de nuevo. Si se caen, tampoco habrán ido muy lejos.

Feliz Navidad a la chica de la caja en la tienda de ayer, que sonrió pacientemente mientras yo formaba una larga cola al no encontrar mi cartera.

Feliz Navidad a mi frutera, que nunca me la intenta colar sabiendo que soy una completa inútil escogiendo fruta.

Feliz Navidad a la gente que he descubierto este año, porque me han hecho reír como nadie.

Feliz Navidad a quienes me han enviado películas, canciones o libros que les han hecho pensar en mí.

Feliz Navidad a los que adoro, luego nos llamamos.

Feliz Navidad a los vecinos que me ceden el paso en el garaje.

Feliz Navidad a la gente que habló bien de mí sin que yo lo supiera.

Feliz Navidad a quienes me han abrazado con fuerza este año y a quienes abracé yo sin que se apartaran.

Feliz Navidad a la gente íntegra, son la última Coca-Cola en el desierto, pero existen.

Feliz Navidad a los valientes que leen mis textos de principio a fin.

Feliz Navidad a quien me ha regalado buenos momentos. Me enfado mucho, pero no olvido jamás.

Decía Joan Didion: «Life changes fast. Life changes in the instant. You sit down to dinner and life as you know it ends. »

Así que, a todos los demás, os deseo una noche muy feliz.

Cada vez que se acerca el final de año siento vértigo. Imagino que algo similar al corredor de maratón en los últimos metros de carrera. El miedo a que cualquier piedra me detenga. Es el único momento del año en que me siento un poco terraplanista y el límite está ahí, en el día 31. Así que nada muy rápido en sentido contrario porque puedes caer al otro lado. La sorpresa es que el otro lado solo cambia en un número.

Esta vez no tengo listas. No tengo un solo propósito nuevo. Pienso seguir empecinada con los que no he logrado este año.

No voy a decidir nada, llevo mil domingos tomando decisiones que arruino el lunes. 

No quiero puntos finales ni partir de cero. 

No quiero que me pase nada extraordinariamente bueno, pero tampoco nada extraordinariamente malo.

Quiero este instante de tranquilidad. Me basta con responder cuando me pregunten cómo estoy: Razonablemente bien.

Quiero, como mucho, un punto y coma. Eso ya es extraordinario.

Hace un par de días pasé un rato en la escena final de “Love actually”. Ese momento de reencuentros en el aeropuerto de Heathrow donde suena God Only Knows de The Beach Boys y todos se abrazan, sonríen, se emocionan y se besan. La música es fundamental, el volumen bien alto. Nunca tengo claro si quiero estar entre los que llegan o entre los que esperan. Llegar, creo que prefiero llegar porque últimamente gestiono mal la paciencia.

La mayor parte de las veces que estoy en un aeropuerto es para viajar. En la zona de salidas el protocolo es siempre el mismo: Entrar, buscar el mostrador de facturación, localizar la puerta de embarque y malgastar el tiempo restante entre cafés, revistas y mensajes pendientes. No te detienes más de lo estrictamente necesario. Tu energía se focaliza en llegar al destino y todo lo que te encuentras no es más que un mero trámite necesario. Cuando vas a recoger a alguien ocurre algo totalmente distinto. La espera forzosa te obliga a detenerte, a observar, a escuchar.

Eran más de las nueve de la noche y solo faltaba por aterrizar un único vuelo, el último del día. Es lo que tienen los aeropuertos pequeños, que todo se concentra en tiempo y espacio. Había un silencio sepulcral, casi molesto, entre quienes esperábamos tras la puerta de ‘Llegadas’. En esos instantes previos, nadie te cae bien. Tampoco mal, pero no hay un solo motivo para empatizar con la señora que está a tu lado o con los chicos pegados a la barrera. Todos compartíamos cierta inquietud, una reiterada consulta al reloj y ese movimiento sutil consistente en ponerte de puntillas y girar la cabeza a un lado para ver exactamente lo mismo que antes. Nada más.

Comenzaron a salir los pasajeros y se hizo el ruido. Un hombre abrazaba a su familia, pero quien realmente mostraba una alegría desmedida era su perro, un precioso Border Collie de color gris que saltaba sobre su dueño reclamando atención. Una estudiante que parecía haber estado cinco meses de convivencia con los personajes de Trainspotting, saludaba de manera escueta a sus padres y hermanos, empeñados en hacerse un selfie que homenajease el reencuentro. Todos parecían felices menos ella, que aprovechó la salida para quedarse en último lugar y quitarse un par de lágrimas de manera disimulada. No seas boba, quería decirle yo. Puedes sonreír, emocionarte y ser humana. La hija de un reconocido periodista atravesaba la puerta con paso ligero, localizando en cuestión de segundos al conductor que mostraba su nombre en una pantalla de Ipad. Creo que no llegó a ralentizar ni un poco su movimiento porque el conductor acabó caminando tras ella y no al revés. Parejas acostumbradas a la distancia. Parejas que no aguantaban sin verse ni un segundo más. Pasajeros con auriculares ajenos a todo aquello, buscando el taxi más cercano. Besos y personas sujetando entre sus manos caras que añoraban como si tratasen de cerciorarse que era real.

Agradecí por un momento tener la mascarilla puesta. He descubierto que es un fantástico escudo para esconder sentimientos y emociones. Yo quiero llorar y abrazar y decir cuánto te echo de menos, pero soy practicante de la contención. Podemos denominarlo precariedad emotiva en público. Tan boba como la estudiante con aire británico.

Como aquella canción de Aute, el pensamiento es estar siempre de paso. En los aeropuertos también. Luego ya, lo de dar pasos cortos o largos, detenerse en el camino y sostener con las manos las caras que queremos perpetuar en la memoria, es cosa de cada uno.

Ese día estaban todos despistados entre reencuentros y abrazos y no se enteraron, pero sonaba aquello de “God only Knows what i’d be without you…”. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

Leí una vez a Iñaki Uriarte decir que, en sus mejores días, no tomaba ninguna nota en sus diarios. Y que cuando lo hacía, no escribía más que tonterías. Se cuestionaba si era posible expresar por escrito la felicidad.

Desde hace unos meses noto que me falta la voz aunque me sobran las palabras. Me resulta complicado verbalizar lo que siento y lo que pienso sobre algunos temas, sin embargo, sentada delante del ordenador parece que todo fluye aunque casi siempre de una manera desordenada y caótica que solo yo entiendo. Esta semana alguien a quien admiro mucho me dijo: El caos provee.

Recuerdo mis diarios. En plural, porque acababa uno y comenzaba otro. Siempre iban desde la vehemencia de los días más explosivos al inframundo del drama. Los días grises nunca me han inspirado una sola emoción y menos una palabra. No cambiamos nada con el tiempo, absolutamente nada. A la genética le importa un pimiento lo que pretendamos ser, que nos empeñemos en que algo nos guste o que reneguemos de alguien que en el fondo nos fascina. Podemos salir un rato de nuestro papel, pero al final somos actores de series perpetuas y acabaremos interpretando el rol que nos ha tocado.

Y no es malo, es maravilloso. En el papel de otro solamente podríamos escribir tonterías.

Se salía el jueves. De hecho era el mejor día porque partías de un estado de energía difícil de superar. El viernes era un poco por obligación, porque ya no tenías cuerpo para nada. Es ese tipo de culpabilidad que desaparece con los años al rechazar un plan, pero por aquel entonces no era una opción. El sábado era para los profesionales, los del hat-trick.

Mi primer jueves fue una especie de rueda de reconocimiento. Por supuesto, nada de salir a cenar. Te pasaban a buscar y ya tenías que estar cenada y lista, porque la noche iba a ser larga y además no tenías coche, con lo que cualquier posibilidad de regresar por tu cuenta o de escabullirte en algún momento, pasaba a ser casi imposible.

A las once en punto estaba montada en aquel coche con un casi-desconocido. Y digo casi, porque una de mis mejores amigas del colegio le conocía y le había encomendado la misión de llevarme, de enseñarme, de presentarme y de devolverme sana y salva. Y si no confiamos en los amigos de la infancia, no sé en quién vamos a confiar. Así que sin dudarlo, me aventuré a conocer la ciudad y la noche con aquel ya casi-conocido a bordo de su “bala plateada”. No se me ocurre peor nombre para un coche. No se me ocurre un buen nombre para un coche, de hecho. Pero la bala, incapaz de superar los 80 km/hora a duras penas, con su gotera inoportuna y con sus ocho grados interiores debidos a la falta de una de las ventanas triangulares traseras, tenía algo que ya hubiesen querido muchos grandes coches. Nada más sentarnos, colocó su radio-casete extraíble marca Kenwood que de alguna manera había cableado y conectado a unos altavoces que hacían que aquello fuera lo más parecido a estar en un concierto.

La encendió y comenzó a sonar una canción: La mujer portuguesa. Yo no había escuchado nunca a “El Niño Gusano” y la letra de aquella canción no tenía ningún sentido para mí, pero de alguna manera comenzó a postularse como un himno de nuestras noches.

Cuando aparcábamos la bala, nos dirigíamos cada noche al mismo pub, donde nos separábamos cada uno en busca de sus amigos, de compañeros de clase, de baile o de barra. No éramos más que partenaires de viaje que compartíamos una canción. A última hora regresábamos al coche, sacábamos con cuidado la radio del asiento inferior donde la habíamos escondido, volvíamos a colocarla, a conectarla a los altavoces y subíamos a la zona universitaria. Siempre el mismo ritual. En los nueve kilómetros de trayecto, muchas veces nos reíamos con las anécdotas de la noche, me contaba acerca de algún ligue, a veces llorábamos (yo más que él) y muchas, muchísimas, nos limitábamos a escuchar la música en silencio.

Con el tiempo cambié de casa y ya no necesitaba hacer aquellos nueve kilómetros, ni la bala. Tampoco tenía con quien llorar y acabar riendo, ni alguien que me llevase, me enseñase, me presentase y me devolviese sana y salva. Pero lo peor es que no tenía con quien escuchar La mujer portuguesa y su letra sin sentido.

Algunos años más tarde entré en una tienda de Madrid a comprar un disco y ahí estaba él. No en la tienda, sino en el disco. Probablemente un día la bala dejó de funcionar, o quizá robaron la Kenwood a través de esa ventana trasera que jamás llegó a reponer. Y entonces, decidió poner él la música.

A menudo me preguntan qué llevo en el bolso. Casi siempre ocurre cuando pido a alguien que me lo sujete un instante y descubre con estupor que soy una especie de sherpa urbano.

En mi bolso cabe una vida o, al menos, el prólogo de una. Algunas veces trato de aligerarlo y de simplificarme, pero después pienso que si llega una catástrofe inesperada, el apocalipsis, una hecatombre o una pandemia, por ejemplo, y estoy en la calle, yo quiero que me pille con mis pertenencias, mis recuerdos, mi prólogo y mis miserias.

Siempre llevo la cartera, habitualmente con poco efectivo porque nunca me acuerdo de cogerlo y porque benditas tarjetas. Aunque esto sea algo que mi madre me reproche de por vida. Cómo se puede salir a la calle sin dinero. Llevo monedas que no consigo cambiar en tiendas ni cafeterías porque a la hora de pagar me avergüenza estar cinco minutos haciendo acopio y recuento. Poco efectivo también. Llevo unas cuantas llaves que identifico y alguna otra que no. Un día de estos debería dar un paseo por algunos lugares del pasado porque seguro que esas llaves siguen ahí por algo.

Llevo un libro que me entretiene cuando alguien llega tarde y que me acompaña cuando tomo un café sola.

Llevo el móvil con algún mensaje escrito que probablemente no envíe nunca. Siempre hay que pensar las cosas dos veces. A veces tres. Llevo el recorte de un artículo que a menudo vuelvo a leer aunque ya se han borrado algunas letras de doblarlo y abrirlo y doblarlo de nuevo.

Llevo una agenda que me recuerda reuniones, entregas, comidas y cumpleaños porque solo confío en lo que escribo a mano. Nunca reviso la página de los cumpleaños. Siempre quedo mal. Llevo un pequeño neceser que no estoy segura de que pudiese levantar una mala cara de un mal día pero cuya única finalidad es esa.

Llevo un metro. Nunca sabes si te vas a encontrar con la necesidad imperiosa de medir algo o te van a hacer una pregunta capciosa y vas a tener que dar un número a ojo. Mucha gente piensa que los arquitectos llevamos un medidor láser incorporado de serie. Son muchas las paredes que he medido con la escala “mi palmo pulgar-corazón son veinte centímetros”.

Llevo dos o tres cacaos, pintalabios, brillos o vaselinas porque no soporto la sensación de un labio seco o agrietado y me los muerdo más de la cuenta. Ahora con la mascarilla que nadie me ve, a traición. Me pregunto qué hace la gente tras la mascarilla. Muchas veces imagino que sonríen por lo que intuyo en su mirada o que tuercen la boca en señal de enfado porque sus cejas acompañan al gesto. Pero no sé dónde han quedado todas esas expresiones intermedias. La complicidad, el miedo, las ganas y la nostalgia estaban en esas expresiones intermedias. Ahora las imaginamos a nuestro favor, como cuando buscamos el clima para el fin de semana y la única web con validez es la que anuncia sol.

Jamás olvido mis gafas de sol. Me las recomendaron para las migrañas y es la excusa que necesitaba. La vida, como Instagram, a veces necesita ser vista a través de distintos filtros. Sin que te distraigan de la realidad, sin que pierdas la percepción real del color, pero que suavicen el impacto.

Llevo auriculares, por partida doble. No quiero que nada se interponga entre lo que tengo que escuchar y yo. Ni siquiera el audio graciosillo de tu amiga suena igual con el móvil en la oreja o con los auriculares. Como en Gran Hermano, todo se magnifica. Probad.

Llevo lápices, porque me gusta poder borrar lo que escribo, como los mensajes que no llego a mandar.

 

Las canciones llegan a nuestras vidas como los anuncios de las vacunas: para darnos algo de consuelo, esperanza y un ratito de amnesia selectiva. Esperamos de ellas una eficacia del 100% o más, puestos a pedir, pero en un momento de debilidad, estamos dispuestos a asumir temporalmente un porcentaje menor. Una canción tendrá mayor eficacia que otra según lo que busquemos en cada momento. Básicamente se trata de esperar a que llegue la tuya.

Pero sin duda, la música es medicina y es vacuna. Cubre el antes, el durante y el después.

En mi casa se ha escuchado mucha música desde que nací. Toda mi infancia estuvo vinculada por distintas razones a este mundo. Prueba de ello es un vinilo que guardamos, en el que sale mi cara de bebé feliz. No preguntéis más, es información irrelevante, creedme.

Yo crecí escuchando a Serrat, Aute, Los Bee Gees, Manhattan Transfer, Silvio Rodriguez, La Creedence o Elvis. Muy variado, como procede cuando estás entrenando el oído.

Siendo muy pequeña mi padre me enseñó el Quodlibet de Willy Geisler y practicábamos cada “bella melodía”: El clarinete, dulcemente, toca dua dua clarinete. Son canciones que no olvidas jamás.

Recuerdo que en algún curso, en el colegio nos dieron unas nociones básicas de guitarra y que con ella aprendí “el lobito bueno” de Goytisolo que por entonces interpretaba Paco Ibañez. Es posible que comenzase a ser rarita en ese momento de la infancia en que era perfectamente capaz de compatibilizar las canciones de Paco Ibañez con las de Parchís.La primera vez que escuché “La mala reputación” fue a Paco, no a Loquillo. Qué temazo, por cierto.

En una ocasión, tendría yo unos siete años, estuve en un estudio de grabación metiendo la voz de una niña en una canción solidaria para una campaña de Navidad. Con unos auriculares que no podía sostener en la cabeza y con una voz en off que me decía que tenía que doblar mi propia voz. ¿qué significaba eso? Yo me veía en ese estudio y os aseguro que tenía el mismo porte, alegría y confianza que todo el equipo que acompañó a Michael Jackson con el “We are the world”, así que salí de allí ansiosa de escuchar mi dulce y melódica voz por las emisoras de radio. En un acto de sucia traición me dieron el cambiazo y metieron a una niña-cantante de verdad que sí sabía doblar su voz al parecer. Qué poca vergüenza, qué manera de frustrar mi carrera a tan corta edad.

Unos años más tarde, a mi padre se le ocurrió la brillante idea de grabarnos a mi hermana y a mí interpretando algunos clásicos como “Up where we belong”, “Down Town”, “Piensa en mí” o “Qué será, será”. A día de hoy, estas grabaciones siguen siendo un arma arrojadiza y el método de chantaje más efectivo que existe entre nosotras. Solo la sutil amenaza de hacer pública una de ellas es una razón más que suficiente para dar un paso atrás y recular en lo que haga falta.

Nunca aprendí a tocar la guitarra, probablemente por mi más que conocida falta de paciencia. Y es algo de lo que siempre me arrepentiré, porque me pasé los años universitarios arrimándome sin ningún tipo de pudor a cualquier grupo de personas que no entendían reunión sin guitarra. Si sabías tocarla, ya tenías una amiga incondicional.

Porque a pesar del frustrado intento por apagar mi vocación artística, yo he seguido apostando por cantar. Por eso no bailo. Hay que centrarse en una única cosa para hacerla bien. Solo que cualquier oído no está preparado para entender mi voz. Así que, por prescripción sanitaria, condeno a escucharla a un grupo muy reducido de personas, normalmente con oídos bien adoctrinados.

Y sigo escuchando muchas canciones cada día, a la espera de aquella con eficacia 100% que todo lo cure.

Mientras tanto, practico como Aute: Entre la fe y la felonía, la herencia y la herejía, la jaula y la jauría. Entre morir o matar, prefiero amor, amar. Prefiero amar, prefiero amar. Prefiero amor, amar.

Este otoño ha sido muy raro. Y hablo en pasado porque dejó de serlo, otoño y raro, en el momento en que mi cabeza gritó “stop the count!”. Solo que Trump se amparaba en la quimera de que eso fuese a suceder y yo, dueña de mi propio contador, detuve el recuento de manera inmediata. Stop. Ya, Patricia.

El concepto de mirar hacia delante o el “hacia atrás ni para tomar impulso” no van conmigo. Me dan mucha pereza este tipo de ánimos impostados que nunca funcionan. Yo reivindico el derecho de abrigarme en la nostalgia cuando lo necesito. Y regocijarme en ella, si es necesario.

Hace unos días, Steinberg, uno de los ilustradores de The New Yorker compartía una playlist de Spotify llamada “Sad songs to make you happy”. Este hombre sí que me entiende. Compartimos la creencia de que no es necesario bailar, sonreir a la vida, ni buscar refuerzos positivos para paliar los días raros. Uno está como está y apaga el fuego como puede. A veces, con la manguera más cercana. Otras, toca hacerlo con tacitas de agua. Y mientras lo haces, puedes escuchar tus “sad songs” y no pasa nada.

La nostalgia se me escapa a veces de las manos. Me doy cuenta cuando miro el panel de la radio del coche y sé que no pienso cambiar el nombre de M80 por el nuevo. Siempre será M80. Cuando me dicen que mi correo de hotmail es obsoleto pero yo me mantengo en la resistencia. Cuando finjo escribir mis anotaciones y reuniones en alguna app del móvil de esas que parece que sincronizan la agenda con tu fase rem del sueño y con algún servidor de la NASA, pero en realidad, lo importante está en la libreta de mi bolso.

Lo que me gustaría realmente es que mi libreta fuese como la de Laure Valadier, la protagonista del libro de Antoine Laurain que anotaba en una libreta roja todo lo que le hacía ser ella. Lo que amaba, lo que odiaba o incluso lo que temía. ¿A quién le cuentas tus temores reales? A nadie, a tu libreta.

En mi libreta roja yo anotaría lo que me emociona. Pero no las cosas tristes que nos hacen llorar a todos, o a casi todos. Anotaría los momentos, las personas o los recuerdos que me quitan el aire durante un par de segundos y me obligan a volver a tomarlo con fuerza y con serenidad. Anotaría, por ejemplo, el sinfónico de Morricone y Williams organizado este año por la Fundación Princesa de Asturias en la Fábrica de Armas. La declaración de Colin Firth a Lúcia Moniz (adorada Aurelia) en Love Actually (sí, por encima de la de los músicos en la boda y los carteles a Keira). La novena Copa de Europa que ganó el Real Madrid. No olvidaré cuándo, cómo, ni con quién. El abrazo y el susurro de “Lost in translation”. La primera noche de cada verano en Zahara de los Atunes, justo en ese momento en que te das una ducha, te pones un camisón de tirantes y, con el pelo mojado, te sirves una copa de José Pariente muy muy frío y te lo tomas sentada en el porche mientras miras las palmeras, ese cielo de azul cerúleo a punto de oscurecer y piensas: gracias. “Aquellas pequeñas cosas” de Serrat. La comida de los domingos que hacía mi abuela, su olor. Escuchar a Carlos Marañón recordando a su mujer. La primera vez que vi iluminarse la Torre Eiffel desde la ventana de un restaurante. Algunos mensajes que recibo de personas a las que nunca he visto en persona. Los libros que subrayé y que nunca prestaré. Los vídeos de músicos en las calles de Nueva York que de pronto se despojan de gorra, gafas y barba y acaban siendo algún cantante que me encanta. Quiero estar ahí en ese momento. Otro olor, el de la trufa en el mercado y las calles de Sarlat. Las personas que te remueven por dentro. Las que te hacen reír (estas más que las primeras).

Yo me agarro a mis emociones, sean las que sean, cuando el otoño, además de otoño, es raro. Dejo que hagan conmigo lo que tengan que hacer sin poner fuerza, sin oponerme a nada y después, cuando me han zarandeado de un lado a otro, solo les pido que me miren a la cara y me digan, como Kamala Harris: “We did it Joe”.