Si vienes, avisa

Gracias a esos innumerables hilos invisibles que trazan las redes sociales, hace un par de días encontré en twitter el enlace a una entrevista en la que el protagonista era alguien a quien yo conocí hace tiempo. Yo tenía unos dieciséis años cuando mi madre me envió a uno de esos campamentos donde aprendes inglés, haces deporte y subsistes por las noches a base de sándwiches de galletas Digestive y Nutella. Allí conocí a M, un chico de Madrid que me descubrió con sus auriculares a Antonio Vega y a los Pixies y a mí aquello me pareció lo más apasionante que me había pasado. Here comes your man, chica de ayer: El verano perfecto de la adolescencia.

Cuando nos despedimos y yo iba a regresar a mi casa, tras intercambiar direcciones postales con firmes promesas de eterno contacto, le dije: “Si vienes, avisa”.

Lo último que yo esperaba era que M apareciera quince días después en la puerta de mi casa. Sorpresa, estoy aquí. No fui una gran anfitriona y mirándolo con perspectiva, tampoco una gran amiga. De hecho, fui una mala conocida, que es lo peor que se puede ser. A menudo pienso  que, en su lugar, yo hubiera huido despavorida al ver mi cara descompuesta.

M tuvo la valentía de aguantar unos cuantos días y eso, con dieciséis, vale el triple. Después se marchó con firmes promesas de eterno odio.

Quizá debí ser más concreta: “Si vienes, (dentro de un tiempo y seguimos enviándonos cartas, compartiendo canciones y llamándonos de vez en cuando y yo qué sé, si me avisas un par de días antes de tocar en la puerta de mi casa porque nunca se debe aparecer en una casa por sorpresa, en tal caso,) avisa”. Nunca se me ha dado bien aplicar las elipsis de manera correcta ni en el momento adecuado.

Mi casa es tu casa. Tenemos que repetir. Cuenta conmigo. Si vienes, avisa. Me pregunto cuántas veces son frases sentidas y cuántas coletillas mecanizadas que rematan conversaciones a golpe de cortesía facilona.

Con los años me he vuelto como M. Confío en la firmeza de una promesa, en el valor de las palabras. Incluso en aquellas que nunca se pronuncian en voz alta. Imagino que él aprendió a no llamar a la puerta de una casa sin saber con certeza si hay sitio para uno más.

Pero ojalá no. El mundo está lleno de gente prudente y certera y casi siempre, el riesgo es vida.

Hay un recurso que se ha utilizado en series y películas hasta decir basta. La propietaria de una mascota se va de viaje y deja al cuidado de la criatura a su hermana, su pareja o su mejor amigo. Por algún tipo de negligencia, durante este tiempo la mascota se muere y el responsable trata de paliar la pérdida comprando un animal similar. En ocasiones, cuestionando la inteligencia del dueño, como si no se fuese a percatar del cambio. En otras, como premio de consolación. Algo así como “inténtalo con uno nuevo”. Nunca le he visto la gracia a esto.

Creo que no soy excesivamente nostálgica pero miro con cierto recelo a quien es capaz de sustituir algo importante sin que le tiemble el pulso.

Me costó años deshacerme de mi coche anterior. Me había acompañado durante mucho tiempo y no me había fallado jamás. Ese coche tenía recuerdos, kilómetros de canciones, risas, peleas, preocupaciones, cafés y fiestas. También tenía años, pero la mera idea de sustituirlo con el único pretexto de pasar de un coche de marchas a uno automático me espantaba. Ese apego que padecemos algunas personas hace que solo se justifique el cambio cuando viene avalado por una razón de peso.

Durante años, estuve comprando pan a diario en una pequeña panadería del barrio. Antes de volver a casa al mediodía, pasaba por allí y cogía mi barra, envuelta en papel de estraza. Con suerte, me tocaba una hornada reciente y antes de salir ya había cortado un pedazo de pan caliente. Pocos placeres más sencillos. Cuando volví de unas vacaciones de verano y regresé ese primer lunes de trabajo a mi panadería, había sido sustituida por un local de venta de cables, enchufes y cargadores.  Sin aviso, sin despedida, sin nota de traslado. Está de más decir que no entré jamás en aquella tienda.

Hace un par de días mi amiga Silvia me dijo, haciendo referencia a la gente con la que nos vamos cruzando en la vida: “Últimamente bajo a más gente del tren de la que subo”. No me pareció preocupante, ni triste. Ni siquiera extraño. Algunos se bajan porque se han cansado de viajar o porque han llegado a su destino. Otros suben en una parada que no esperabas, se sientan a tu lado y te dan la conversación y la compañía que estabas esperando. Pero ni siquiera los que bajaron para subirse a un tren con otra dirección pueden ser sustituidos por nuevos viajeros. Solo una memoria mezquina querría hacer desaparecer el recuerdo de un recorrido en buena compañía.

Un vagón medio vacío siempre hace que el trayecto sea más cómodo, pero es imposible olvidar a quien fue un buen compañero de asiento. Te olvidas del sabor de aquella barra de pan, pero no del calor en las manos en los días más fríos, cuando te daban una recién salida del horno. Te olvidas de cómo se conducía con marchas, pero no de la música que en él sonaba y que hacía que ese coche fuera solo tuyo.

Sustituir es olvidar, de alguna manera. Y a mí no me gusta olvidar.

(«Nunca se olvida, simplemente se aprende a pretender que no se recuerda».)

 

Dicen que a los niños les tranquiliza conocer los detalles de algo que va a ocurrir. Si están viendo una película y por alguna razón intuyen que el protagonista puede morir o que en algún momento sucederá algo que les asuste, quieren saberlo antes de que ocurra. No importa si se arruina la sorpresa final, la antelación les confiere seguridad y la información hace que estén preparados, en mayor o menor medida, para lo que venga. Quizá por eso les gusta repetir una y otra vez la misma película. En cada visionado asumen un poco más lo que les gusta y, sobre todo, lo que no.

A mí también me gusta anticiparme a los hechos. Cuando tengo que ir a un lugar que no conozco, siempre lo estudio con anterioridad y con detenimiento. Cómo llegar, las calles por las que tendré que pasar, los aparcamientos, los locales más cercanos. Nunca me ha gustado dejar demasiadas cosas en manos de un factor sorpresa que no domino. Lo fortuito solo es atractivo cuando sale bien.

Qué fascinantes las mujeres que improvisan, con las que nunca sabes qué te depara la vida, con las que cada nuevo día es una nueva sorpresa, viajar sin destino y sin equipaje, desconectar, fluir…No soy yo.

Viajo con pasaporte y fotocopias de pasaporte. Si viajas conmigo, es probable que me haya hecho con una fotocopia de tu pasaporte. No preguntes cómo. Con lo que llevo en mi bolso de mano, podría sobrevivir un par de días. Antes de empezar un libro, me aseguro de que no hable sobre enfermedades. No leo libros sobre enfermedades. He dejado series a medias por la misma razón. Cuando me gusta mucho una crema o una barra de labios, compro tres, no vaya a ser que dejen de hacerla. Llevo zapatos de repuesto en el coche porque una vez se me rompió un tacón y fue incomodísimo. Hago fotos con el móvil de lo que me hace reír y de lo que me emociona y me lo envío a mí misma porque no quiero perderlo.  Si es muy bueno, también lo apunto. Este año por fin tengo una libreta para ello, una más. Porque el papel no falla, si acaso fallas tú. En un capítulo de The Office, Michael y Dwight logran demostrar que se puede fidelizar mejor a un cliente con métodos tradicionales que con una nueva y moderna web. Estoy pensando que ellos no son precisamente un buen ejemplo. Pero bueno, tampoco lo soy yo.

Si organizo un evento, jamás como algo que me pueda sentar mal las 24 horas anteriores. Voy a lo seguro. Cuando conozco a alguien, trato de escuchar más y hablar menos. Pongo tres alarmas para despertarme en intervalos de diez minutos. Odio las supersticiones pero soy víctima de algunas. Por ejemplo, asocio algunas prendas o colonias a cosas que me han pasado. Si no fueron buenas, puedo dejar de usarlas para siempre. Si fueron memorables, jamás me desprenderé de ellas.

Tanto control, tanta cautela y, sin embargo, no soy dueña de un solo momento. Cuando veo a un malabarista con demasiadas pelotas en el aire siempre pienso: Se le van a caer. Una de ellas romperá el equilibrio en cualquier instante y hará que todas caigan. Después descubro, con cierto alivio, que estaba equivocada. Que me anticipé y que fui yo quien falló. Algunas personas lanzan pelotas lejos solo por saber dónde llegan y a otras nos gusta voltearlas en el aire y recuperarlas de nuevo. Si se caen, tampoco habrán ido muy lejos.

Feliz Navidad a la chica de la caja en la tienda de ayer, que sonrió pacientemente mientras yo formaba una larga cola al no encontrar mi cartera.

Feliz Navidad a mi frutera, que nunca me la intenta colar sabiendo que soy una completa inútil escogiendo fruta.

Feliz Navidad a la gente que he descubierto este año, porque me han hecho reír como nadie.

Feliz Navidad a quienes me han enviado películas, canciones o libros que les han hecho pensar en mí.

Feliz Navidad a los que adoro, luego nos llamamos.

Feliz Navidad a los vecinos que me ceden el paso en el garaje.

Feliz Navidad a la gente que habló bien de mí sin que yo lo supiera.

Feliz Navidad a quienes me han abrazado con fuerza este año y a quienes abracé yo sin que se apartaran.

Feliz Navidad a la gente íntegra, son la última Coca-Cola en el desierto, pero existen.

Feliz Navidad a los valientes que leen mis textos de principio a fin.

Feliz Navidad a quien me ha regalado buenos momentos. Me enfado mucho, pero no olvido jamás.

Decía Joan Didion: «Life changes fast. Life changes in the instant. You sit down to dinner and life as you know it ends. »

Así que, a todos los demás, os deseo una noche muy feliz.

Cada vez que se acerca el final de año siento vértigo. Imagino que algo similar al corredor de maratón en los últimos metros de carrera. El miedo a que cualquier piedra me detenga. Es el único momento del año en que me siento un poco terraplanista y el límite está ahí, en el día 31. Así que nada muy rápido en sentido contrario porque puedes caer al otro lado. La sorpresa es que el otro lado solo cambia en un número.

Esta vez no tengo listas. No tengo un solo propósito nuevo. Pienso seguir empecinada con los que no he logrado este año.

No voy a decidir nada, llevo mil domingos tomando decisiones que arruino el lunes. 

No quiero puntos finales ni partir de cero. 

No quiero que me pase nada extraordinariamente bueno, pero tampoco nada extraordinariamente malo.

Quiero este instante de tranquilidad. Me basta con responder cuando me pregunten cómo estoy: Razonablemente bien.

Quiero, como mucho, un punto y coma. Eso ya es extraordinario.

Hace un par de días pasé un rato en la escena final de “Love actually”. Ese momento de reencuentros en el aeropuerto de Heathrow donde suena God Only Knows de The Beach Boys y todos se abrazan, sonríen, se emocionan y se besan. La música es fundamental, el volumen bien alto. Nunca tengo claro si quiero estar entre los que llegan o entre los que esperan. Llegar, creo que prefiero llegar porque últimamente gestiono mal la paciencia.

La mayor parte de las veces que estoy en un aeropuerto es para viajar. En la zona de salidas el protocolo es siempre el mismo: Entrar, buscar el mostrador de facturación, localizar la puerta de embarque y malgastar el tiempo restante entre cafés, revistas y mensajes pendientes. No te detienes más de lo estrictamente necesario. Tu energía se focaliza en llegar al destino y todo lo que te encuentras no es más que un mero trámite necesario. Cuando vas a recoger a alguien ocurre algo totalmente distinto. La espera forzosa te obliga a detenerte, a observar, a escuchar.

Eran más de las nueve de la noche y solo faltaba por aterrizar un único vuelo, el último del día. Es lo que tienen los aeropuertos pequeños, que todo se concentra en tiempo y espacio. Había un silencio sepulcral, casi molesto, entre quienes esperábamos tras la puerta de ‘Llegadas’. En esos instantes previos, nadie te cae bien. Tampoco mal, pero no hay un solo motivo para empatizar con la señora que está a tu lado o con los chicos pegados a la barrera. Todos compartíamos cierta inquietud, una reiterada consulta al reloj y ese movimiento sutil consistente en ponerte de puntillas y girar la cabeza a un lado para ver exactamente lo mismo que antes. Nada más.

Comenzaron a salir los pasajeros y se hizo el ruido. Un hombre abrazaba a su familia, pero quien realmente mostraba una alegría desmedida era su perro, un precioso Border Collie de color gris que saltaba sobre su dueño reclamando atención. Una estudiante que parecía haber estado cinco meses de convivencia con los personajes de Trainspotting, saludaba de manera escueta a sus padres y hermanos, empeñados en hacerse un selfie que homenajease el reencuentro. Todos parecían felices menos ella, que aprovechó la salida para quedarse en último lugar y quitarse un par de lágrimas de manera disimulada. No seas boba, quería decirle yo. Puedes sonreír, emocionarte y ser humana. La hija de un reconocido periodista atravesaba la puerta con paso ligero, localizando en cuestión de segundos al conductor que mostraba su nombre en una pantalla de Ipad. Creo que no llegó a ralentizar ni un poco su movimiento porque el conductor acabó caminando tras ella y no al revés. Parejas acostumbradas a la distancia. Parejas que no aguantaban sin verse ni un segundo más. Pasajeros con auriculares ajenos a todo aquello, buscando el taxi más cercano. Besos y personas sujetando entre sus manos caras que añoraban como si tratasen de cerciorarse que era real.

Agradecí por un momento tener la mascarilla puesta. He descubierto que es un fantástico escudo para esconder sentimientos y emociones. Yo quiero llorar y abrazar y decir cuánto te echo de menos, pero soy practicante de la contención. Podemos denominarlo precariedad emotiva en público. Tan boba como la estudiante con aire británico.

Como aquella canción de Aute, el pensamiento es estar siempre de paso. En los aeropuertos también. Luego ya, lo de dar pasos cortos o largos, detenerse en el camino y sostener con las manos las caras que queremos perpetuar en la memoria, es cosa de cada uno.

Ese día estaban todos despistados entre reencuentros y abrazos y no se enteraron, pero sonaba aquello de “God only Knows what i’d be without you…”. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

Leí una vez a Iñaki Uriarte decir que, en sus mejores días, no tomaba ninguna nota en sus diarios. Y que cuando lo hacía, no escribía más que tonterías. Se cuestionaba si era posible expresar por escrito la felicidad.

Desde hace unos meses noto que me falta la voz aunque me sobran las palabras. Me resulta complicado verbalizar lo que siento y lo que pienso sobre algunos temas, sin embargo, sentada delante del ordenador parece que todo fluye aunque casi siempre de una manera desordenada y caótica que solo yo entiendo. Esta semana alguien a quien admiro mucho me dijo: El caos provee.

Recuerdo mis diarios. En plural, porque acababa uno y comenzaba otro. Siempre iban desde la vehemencia de los días más explosivos al inframundo del drama. Los días grises nunca me han inspirado una sola emoción y menos una palabra. No cambiamos nada con el tiempo, absolutamente nada. A la genética le importa un pimiento lo que pretendamos ser, que nos empeñemos en que algo nos guste o que reneguemos de alguien que en el fondo nos fascina. Podemos salir un rato de nuestro papel, pero al final somos actores de series perpetuas y acabaremos interpretando el rol que nos ha tocado.

Y no es malo, es maravilloso. En el papel de otro solamente podríamos escribir tonterías.

Hoy vengo a contaros cómo fue el evento que hace poco organizamos en Oviedo Pelayo del Pozo – farmaceútico del Grupo VenSalud – y yo, de la mano de MartiDerm, el más que conocido laboratorio farmacéutico con más de 65 años de experiencia en dermocosmética.

Cuando comenzamos a idear este proyecto, buscábamos llevarlo a cabo con un equipo de personas que apostase por una filosofía de vida basada en el bienestar, la belleza, la alimentación y el deporte. La filosofía de MartiDerm se basa en el *SmartAging, o lo que es lo mismo, un «envejecimiento» acompañado de elecciones inteligentes, de prevención, de forma de vida saludable. MartiDerm nos invitaba a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos y eso era justo lo que buscábamos.

Con Pelayo como experto en dermocosmética, solamente nos faltaba rematar el evento con alguien que fuese estandarte de esos valores. Y sin duda, Cristina Mitre (The beauty mail) se ha convertido en los últimos años en una referencia de todo lo relacionado con el bienestar desde un punto de vista integral. Muchos conocimos a esta periodista hace ya varios años con su proyecto y libro «Mujeres que corren», con el que consiguió sacar a la calle a correr hasta al apuntador. Después, decidimos escuchar y hacer caso de sus tips de belleza porque Cristina sabe de lo que  habla, y se nota. Una infancia vinculada al instituto de belleza familiar, su trabajo como editora de belleza en InStyle y posteriormente en la dirección de belleza de la revista Elle, le han dado tablas más que suficientes para ello. Eso, y que es una persona inquieta, indagadora y que reparte a partes iguales su interés por aprender con su necesidad de transmitir. Y doy fe de que de casta le viene al galgo, porque tenéis que ver el bellezón de madre que tiene con una piel que ya quisieran muchas de 20!

Siempre digo que Cristina es como esa amiga que te dice lo que no te apetece oir a veces pero que acabas agradeciéndoselo de por vida. Directa, sincera, empática y, sobre todo, real y fiel a esa filosofía de vida que tratábamos de transmitir en ese evento.

El evento constaba de dos partes, una parte teórica y otra práctica. Por ello, hicimos una distribución en formato «escuela», para que cada asistente pudiese participar después del taller DIY de la manera más íntima e individual posible.

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Adela Martínez, Directora de Marketing Digital y Comunicación de MartiDerm presentó el evento dando paso a los tres ponentes.

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Yolanda Sanchís, Directora de Marketing de MartiDerm, nos habló del origen de la marca en la Farmacia Marti Tor de Barcelona en 1952 así como su proceso de investigación, especialización e internacionalización.

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Por su parte, Pelayo del Pozo, farmacéutico del Grupo VenSalud, nos explicó su forma de entender la dermocosmética y los cuidados de la piel, el órgano más extenso del cuerpo humano y muchas veces el gran olvidado. Nos explicó cómo recomienda de manera personalizada desde su farmacia al paciente/cliente la dermocosmética, qué principios activos son los que más utiliza por sus beneficios y sus efectos en la piel.

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Finalmente, Cristina Mitre nos dió su propia visión sobre la belleza integral, por dentro y por fuera. Y nos convenció plenamente de tres puntos que hay que tener en mente sí o sí: La gestión de expectativas (que se nos van de las manos a menudo…), la creación de hábitos (que dice que eso de los 21 días ni de broma y no puedo estar más de acuerdo) y tener objetivos claros. Lo de la limpieza, la protección solar diaria y sacar tiempo para una misma de donde sea, no os lo cuento porque a estas alturas tenéis que tenerlo claro como el agua.

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Y tras este desayuno, continuamos con la segunda parte del evento, un taller impartido por Verónica Rubio del equipo de MartiDem donde nuestras asistentes pudieron probar y aplicar en su propia piel la rutina de limpieza y belleza que Verónica les fue indicando. Fue fantástico ver cómo todas ellas se involucraron, desmaquillándose, probando cada producto, aclarando sus dudas y saliendo del taller con la cara limpia y fresquita tras la aplicación de la ampolla flash de MartiDerm.

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Sin duda, esto nos demostró que la gente tiene verdadero interés por cuidarse, y cada vez más. Gracias a todo el equipo de MartiDerm por apoyar este tipo de eventos. A mi amigo Pelayo, con quien seguro me veréis en algún que otro proyecto. Y a Cristina, por confiar en nosotros desde que le propusimos esto hace ya unos meses.

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Y gracias a Pando Floristas, Grupo DeLoya y Siapro por hacer que todo salga siempre bien.

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Pat.

Hace unos días os contaba la ruta que hicimos con el nuevo Volvo XC40 de la mano de Auto Salón Volvo, visitando la central hidroeléctrica de Proaza obra de Vaquero Palacios, con motivo de la exposición de la Fundación ICO sobre toda su trayectoria. Podéis volver a ver el post pinchando aquí.

Hoy quiero enseñaros otra visita que realizamos, donde podéis ver mejor el interior del XC40 que a mi, personalmente, me gustó aún más que su exterior si cabe. Todo, absolutamente todo está pensado. Cada detalle está adaptado a nuestro estilo de vida actual. Porque ahora, la comodidad es mucho más que la confortabilidad. Es hacernos las cosas fáciles, y sin duda Volvo lo sabe aunque su apuesta principal siga siendo la seguridad.

En esta segunda visita, nos acercamos hasta otra de las obras de Vaquero, la Central Hidraúlica de Miranda (1956-1961). En esta ocasión, nos limitamos a visitar su exterior y acceso, ya que la Central se encuentra ubicada a una profundidad de casi 400 metros. Esta obra la realizó en colaboración con el arquitecto Prudencio Fernández y con el ingeniero Fernández-Pello. Esta estación es reconocible por sus dos chimeneas de ventilación de trece metros de altura, que flanquean la entrada, con bajorrelieves tallados en su fachada. Estos representan a Prometeo y Atlas, imágenes alegóricas del calor y la luz en el primer caso y de la fuerza y el movimiento en el segundo, cuatro de las aplicaciones fundamentales de la energía eléctrica (fuente: arquitecturadeasturias.com).

Sin duda la potencia de la obra de Vaquero dialoga a la perfección con Volvo. Dos visionarios, cada uno en su terreno, con un lenguaje común: la fuerza de sus obras.

Os dejo con las fotografías de Mercedes Blanco, que explican este lenguaje mejor que nadie.

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Pat

Coche: nuevo Volvo XC40 Auto Salón Volvo

Fotos: mercedes Blanco Fotografía

Bolso, maletas: Reinares

Maquillaje: Reyes Tabarés

Peluquería: Veronica García (La Balu)

Carmen y Carlos llegaron a mí casi de casualidad. Nos reunimos en mi estudio una mañana y encajamos rápidamente porque Carmen era una novia extrovertida, muy divertida y compartíamos una afición común, la música en directo que habría en su boda. Así que el resto fue fácil. A Carlos le conocí el mismo día de la boda, mientras yo colocaba parte de la decoración. ¡Qué novio tan fácil y simpático! Sabía que sería una de esas bodas en las que los novios no dejan que te marches y quieren que te quedes «a tomar una». Y así fue.  Aunque nunca lo hago, es algo que agradezco. Es un gesto que habla de cómo ha sido nuestra relación y de cómo se han sentido con mi trabajo ese día.

La boda se oficiaba en la Capilla del Rey Casto de Oviedo y la celebración, en el Hotel España. La fotografía y vídeo lo realizaron los chicos de JFK Imagen Social. De ellos son las fotos que os enseño ahora.

PREPARATIVOS

Carmen llevaba un vestido de Cristina Pascual con una sobre-falda que se quitó para la fiesta. Le maquilló Laura Gesto, que como amiga de la novia, también estaba de invitada a la boda. Llevaba una tiara preciosa de Eva Vidal. La peluquería corrió a cargo de Miguel, de Llongueras Oviedo.

Carlos llevaba un chaqué de Plácido Sastre, que siempre es un acierto.

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LA CEREMONIA

El día estuvo acorde a lo que nos tiene acostumbrados, pero aquí no hay lluvia que arruine una boda! La decoración floral y el ramo eran de Pando Floristas, con tonos otoñales muy bonitos.

Entre las invitadas encintramos alguna como la hermana del novio, guapísima de San and Coco con tocado de Marta Ybern.

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la celebración fue en el Hotel españa como os decía, con aperitivos y fiesta en Mestura El jardín, la ampliación que Javier Loya inauguró en 2016. Para la decoración, buscamos una estética un tanto barroca y otoñal, en tonos dorados y ocres. Para ello conté con material de Ars Vitae además de los arreglos florales de Pando Floristas.

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Y llegó la fiesta. Bueno, no llegó porque estos novios estuvieron fiesteros desde el principio. Toda la boda estuvo marcada por música o músicos. Entre los invitados, estaba el cantante asturiano Pablo Valdés.

En los aperitivos montaron la gran fiesta Pequeño Club Imposible, grupo formado por Pablo Moro e Ivo Vudú. Son unos fenómenos, yo siempre espero encontrármelos en algún sarao de los que voy!

Y para el baile, contaron con El show de Charly Teibol, con Javi Mendez acompañando a Charlie. Fiestón.

Y que no falte un buen DJ, en este caso, Siapro Eventos.

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Pat

En esta boda:

Diseño y organización: De rosas y baobabs

Fotografía y vídeo: JFK imagen social

Vestido: Cristina Pascual

Tocado: Eva Vidal

Chaqué: Plácido Sastre

Peluquería: Llongueras Oviedo

Maquillaje: Laura Gesto Make-up

Flores: Pando Floristas

Catering: DeLoya Gastronomía

Photocall: Smile Photo

DJ: Siapro Eventos

Mesa Dulce: Mariposas en el estómago