Nublarse, pero no tanto

De vez en cuando aparece una imagen en tu cabeza que te hace dudar si es un recuerdo, un sueño, algo que tu imaginación ha creado o incluso una mezcla de todo ello. La clásica historia novelada.
Hace unos días recordé algo pero no era capaz de ubicarlo, de situarlo en un contexto que tuviera sentido. Era una imagen surrealista pero que podía dibujar con bastante nitidez. Era verano y yo estaba frente a un plato de lentejas como quien mira un cuadro que jamás pondría en su casa. Eso lo recuerdo bien, porque cuánto me gustan ahora y cuánto las odiaba entonces. Más que comer, aburría a mis lentejas con bailes cíclicos de cuchara a derecha y a izquierda, como si en el despiste de algún remolino estas fuesen a desaparecer. En ese momento, Juan Tamariz que estaba sentado a mi lado me decía:
– Si consigo sacar una carta que elijas de debajo de tu plato, te las comes. ¿Hay trato?
Desde luego que había trato. Ese plato llevaba impertérrito frente a mí una hora. Nada por arriba, nada por abajo. Solamente mi triste cuchara tratando de hacer el milagro que, hasta el momento, el mago no había obrado. Escogí, entre una baraja desplegada, una carta que él volvió a meter en el montón. Tras sucesivos movimientos ágiles de dedos, mezclados con lo que para mí era inoportuna palabrería que solo me despistaba, afirmó haber finalizado su hazaña.
– Ya está. Levanta el plato.
Y allí estaba. Podía haber sido la que yo elegí o cualquier otra. Puestos a ser exigentes, del mismo color. Que la emoción nubla, pero no tanto. Solo sé que mi carta estaba allí, donde hacía apenas unos minutos solo había migas. Imagino que cumplí el trato porque me tengo por mujer de palabra. La verdad es que no lo recuerdo porque todo lo demás dejó de tener interés.
Traté de confirmar este recuerdo con mi padre:
– ¿Pasó en Santander?
– No, fue en otro sitio. Fue más tarde.
Me despistó la ciudad y el momento, pero recordaba ese comedor, una estantería con la colección completa de Asterix y varias cámaras de fotos, una reluciente flauta travesera metálica colgada de una pared, música porque siempre sonaba música, las lentejas y la magia.
Sería poético pensar que ese instante mágico cambió mi infancia o que tomé alguna importante decisión que convertí después en doctrina, pero lo cierto es que aquello no pasó de una anécdota en la que yo desperté mi curiosidad por conocer el truco y la necesidad de imitarlo con la única finalidad de impresionar a alguien. Lo de siempre, el “mira cómo lo hago” que a veces alimenta mi vanidad.
Hoy es mi cumpleaños. Y aunque no lo pretendía, porque nadie con sentido común querría  acabar con la magia, con los años he ido destapando el secreto de aquel truco.
He descubierto que a veces la carta no está bajo el plato porque me esfuerzo en comprimirlo contra la mesa para que nada se cuele. Una se siente más segura cuando no hay sorpresas y encuentra lo que espera.
Otras, por el contrario, veo asomar la esquina de la carta y sé que está ahí. Entonces finjo no haberla visto y muevo el plato con un dedo hasta ocultarla, porque me asusta pensar que algo tan asombroso esté ocurriendo. Que me esté ocurriendo.
Un año más. Juraría que hasta con algo de magia y cartas bajo la mesa. Por mi parte, consigo mantener la curiosidad intacta, que no es poco.
Hay otra cosa que he descubierto. Que la emoción nubla. Y tanto que nubla. Pero es mucho peor no emocionarse que tener que entornar la mirada de vez en cuando para ver con claridad.

Esta semana volví al gimnasio, que lo tenía un poco abandonado. Cualquier entrenamiento acaba siempre con una buena sensación, la del trabajo cumplido y la endorfina desatada. Parece que nada puede estropear ese instante de satisfacción de sumergirte en agua caliente y continuar tu día. Nada, salvo descubrir que te has olvidado las chanclas cuando vas camino de tu relajante y merecida ducha y tienes claro que no tocarás el suelo de otra manera. Eso me dejó durante unos minutos  parada en el vestuario, como si una pequeña espera fuese a facilitar que apareciesen unas por arte de magia.

Mi madre decía que yo tenía la habilidad de recorrer media playa sin tocar el suelo cuando era pequeña. Durante algún tiempo, veraneamos en una localidad con una bonita playa pero que, en lugar de arena, tenía piedras, muchas piedras. Sigo teniendo cierta torpeza caminando por este tipo de playas. Siempre avanzo tratando de mostrar confianza y paso firme pero con la esperanza de que nadie me esté mirando porque mis pasos transcurren entre algún que otro “ay” y ligeros gestos de dolor que no me esfuerzo en disimular. Así que me imagino en una situación así siendo niña, visualizando todo un largo camino de peregrinaje desde la entrada de la playa hasta la orilla. Recuerda mi madre que, sin ningún tipo de pudor, desobedeciendo sus indicaciones y aumentando su vergüenza, yo avanzaba pisando las toallas de cualquier veraneante que se cruzara en mi camino. Como la rana que salta en un estanque de piedra en piedra. Imagino que, por suerte para mí, aquella playa estaba llena. Y la orilla no muy lejana.

Hay un momento en el que ya no puedes seguir evitando tocar las piedras. No a costa de pisar toallas o piernas o incluso cabezas. Y tienes que empezar a apoyar la planta del pie sobre esa superficie irregular, a veces muy caliente, otras, aristada. Casi siempre molesta. Y a buscar el equilibrio.

Me duché en el vestuario y no tuve que tocar el suelo. Sin detalles, que los magos no enseñan sus trucos.

Al final, siempre hay alguna forma de llegar hasta el agua. Cómo llegar es cada vez más importante.

Hay un capítulo de The Big Bang Theory donde el excéntrico Sheldon Cooper afirma no tener hueco en su vida para más amigos. Cuatro, ni uno más. Así que cuando uno de ellos comete un error – a su parecer imperdonable – Sheldon lo elimina dejando vacante una plaza en tan estimada y limitada lista. En una ocasión se plantea entre ellos la posibilidad de incorporar un miembro más a ese círculo de confianza así que tratan de convencerle de que siempre hay espacio para uno más, pero él se mantiene inalterable en sus convicciones. No puede abarcar más, ni lo pretende. Cuatro.

Tengo una libreta donde voy anotando recomendaciones que me han hecho, que he leído o he escuchado en algún medio. Siempre proceden de personas cuyo criterio valoro, cuya opinión comparto de manera habitual o, simplemente, personas que admiro y considero que cualquier aportación tendrá un valor especial. La criba se plantea complicada ya de partida. 

Así que atesoro listas enormes de libros, de entrevistas, de artículos, de series, de podcasts, de obras de arte que debo conocer, de sus autores, de galerías que debo visitar, de grupos de música nuevos, de restaurantes que no me puedo perder, de historias de edificios, de películas, de campañas de publicidad, de fotografías y de fotógrafos. Se empieza a parecer a esas publicaciones donde dice: “las 100 cosas que debes conocer antes de morir”. Yo supero con creces las 100, espero que eso ayude a prolongar mi vida. Notas en el móvil, apuntes en una libreta, pantallazos que acabo perdiendo o mensajes que me envío a mí misma por whatsapp.

Soy muy consciente de que nunca me pondré al día. Siento que corro tratando de llegar a la línea del horizonte. Y cada vez está más lejos, cada vez es mayor la distancia que nos separa. No sé muy bien por qué sigo corriendo tras ella.

Cada cierto tiempo freno en seco y me propongo aligerar. ¿Cuántos libros soy capaz de leer a la vez? ¿Cuántas series? ¿Cuántos amigos soy capaz de mantener? No cuenta la lectura en diagonal, tampoco en la amistad. Eso es otra cosa. Me refiero a la ejecución consciente de las cosas. Hace años mi amiga Laura me descubrió aquello de estar presente. Priorizar, hacer menos, hacerlo bien. Estoy pensando que hace tiempo que no escribo a Laura y por ahí no quiero aligerar. 

El exceso me hace perder el foco en ocasiones

Me cuesta encontrar el equilibrio en la balanza. Soy una persona de ganas, de muchas ganas. Me permito perderlas de vez en cuando porque un mes sin su abatimiento de dos días es un mes aburrido, pero cualquier chispa me enciende de nuevo. Y vuelvo a querer ver, hacer, ir, escuchar, aprender. 

Algunas veces trato de contagiar mis ganas a algunas personas con planes, con ideas, con proyectos que compartir y lo cierto es que no importa lo vehemente que sea mi discurso, las ganas no se contagian. Vienen de fábrica. Se tienen o no se tienen.

No sé si cuatro, el limitante número de Sheldon, es el adecuado. A priori lo veo escaso, muy escaso, pero qué sé yo, que siempre acabo desbordando.

Mi número mágico en libros, en canciones o en personas, está en aquellos a los que siempre acabo volviendo. Puede ser incluso uno. 

El secreto está en las ganas. 

Estos días he compartido con varias personas esa sensación que siempre te deja Madrid de irte a medias. Crees que has optimizado (que palabra tan terrible, por cierto) cada hora. Que has visto, que has comido, que has caminado, que has respirado, que has trabajado, que te has reencontrado, que has recargado, que has exprimido. Sin embargo, apenas dejas atrás su skyline, te invade un extraño vacío por lo que no has podido hacer, por las personas a las que no has podido ver.

Es una tontería, en realidad, porque sabes que puedes volver en cualquier momento, que vas a volver en cualquier momento. Sin embargo, en tu cabeza reordenas lugares y tiempos tratando de averiguar si podrías haber llegado a esa exposición si no te hubieras parado a tomar un café o si podrías haber dado ese abrazo si en lugar de pasear con calma Bárbara de Braganza, hubieras cogido un taxi para ganar treinta minutos. Es como cuando vas conduciendo y suena en la radio esa canción que tanto te gusta. Entonces te aproximas a un túnel y sabes que dejarás de oírla. Puedes ponerla en cualquier otro instante y escucharla una y otra vez, pero tu momento es ese y el túnel te la va arrebatar. Por mucho que ralentices la velocidad va a ocurrir. Quizá si hubieras salido de viaje cinco minutos antes o cinco después, quién sabe.

Madrid te alarga los días pero te roba tiempo.

Las frases más importantes caben en una sola línea, el remedio para el dolor en una pastilla, las horas de compañía en unos auriculares. Las ganas, en una bolsa de viaje a Madrid.

Esta vez he ido ligera de equipaje. La próxima vez tengo que meter unas cuantas horas más. Los por si acasos de siempre.

Mándame fotos, hija. Que así te veo. O sube algo.

Es un reclamo habitual de mi madre. Sencillo, pero que incumplo constantemente. No es que no quiera, es que no encuentro el qué, el cómo, el para qué. Nos hemos acostumbrado a la distancia, a las llamadas, a los mensajes de voz que tan cómodos le parecen y que no sabe finalizar. Nos vemos cuando el trabajo, la salud, los kilómetros y la vida nos lo permiten. Pero durante todo ese impasse, ella necesita ver a su hija. Yo a veces trato de explicarle que la rutina de mis días no tiene nada de fotografiable. Que mis trabajos son variados, no así mis hábitos. Así que con el tiempo se ha convertido en una ladrona de guante blanco de fotos de instagram. Sabe que esas fotos no representan más que unos minutos de un día cualquiera, pero como buena madre, en cada una detecta una mala noche, una risa contenida o una preocupación no manifiesta. Menudas son ellas.

Los mejores días no caben en una foto, ni en diez. Desbordan tanto por cada esquina que resulta imposible retenerlos en algo tan estático como una imagen. Los peores, ¿quién quiere recordar los peores?. La mayoría de los días no tienen nada de especial. Son sencillos, lineales, con sus pequeños momentos de felicidad regalada. Porque la felicidad no viene de serie. Por defecto somos pantallas en modo suspensión, consumiendo poca energía, reservándola para los momentos que la requieren. Pero en el momento menos esperado, un mensaje, una llamada, un abrazo o una foto cualquiera nos regala un pico de serotonina que nos saca de golpe de la más profunda hibernación.

Por eso, una foto en la que posas mientras te tomas un café una mañana soleada de invierno, puede ser más que suficiente para quien tiene ganas de verte.

Estás ahí, te echaba de menos.

Mañana vuelvo por aquí a buscarte.

Hace unos días me encontré teniendo un pensamiento absolutamente banal en un momento de lo más inoportuno. Algo inapropiado, según cómo lo mires.  Hasta hace relativamente poco, siempre me había molestado la gente que frivolizaba en conversaciones serias. Tenía la sensación de que ironizaban con lo que a mí me preocupaba o que convertían en intrascendente lo importante. En realidad, así era. No estaba equivocada. Mi error era pensar que aquello no era buena idea cuando ahora lo veo como una salida victoriosa. Algunas veces, hasta una ayuda necesaria. Una indulgencia ante una llamada socorro. Es cierto que existe una línea muy fina entre lo grosero o lo vulgar y el humor, bien tomado, inteligente. Hablo de lo segundo.

No estamos preparados para hablar de cualquier tema. No apetece, nadie quiere entrar en terrenos pantanosos. Es molesto hablar del compromiso dilatado, de los errores propios, de la muerte, de las decisiones pospuestas, de lo incómodo, de lo decadente, de lo que debes olvidar, de lo que nunca ocurrirá, de quien se fue, de lo que fue, del miedo injustificado que no se controla.

Y en aquella situación, donde yo debía permanecer moderadamente sensata, reflexiva, en todo caso presente, mi mente se escapó hacia un pensamiento, o un buen recuerdo, no lo sé. Probablemente un recuerdo novelado, que son mis preferidos. Y lo importante fue, durante un par de minutos, intrascendente.

Tengo el nuevo propósito de no aferrarme demasiado a un pensamiento concreto ni de ser muy firme con mis convicciones. De ofrecer nuevos principios si los actuales no son lo suficientemente complacientes, como Groucho. De agotar todos mis recursos de evasión antes de entrar en materias engorrosas. De simplificar. De aligerar. De practicar aquello de las Ginebras: Es lícito sentir placer por cosas que odias. También puedo vender este propósito, la frivolidad es un poco eso.

Que decía Manuel Alcántara que entre el vivir y el existir se va la vida.

Pero que se vaya más viviendo que existiendo.

Los momentos inacabados son momentos arruinados. No me refiero al misterio de lo desconocido, sino a lo que queda en tierra de nadie. Todo lo que no se concluye se queda en suspensión, flotando como una hoja de papel en el agua. Imaginas que algo tan delicado y endeble se deshará en minúsculos fragmentos húmedos y se hundirá con rapidez. Sin embargo, permanece ondeando íntegro en la capa superficial hasta que termina por desaparecer de la vista.

Nunca he conseguido retomar algo que dejase a medias desde ese mismo instante de abandono. Simplemente no sé cómo continuarlo. Soy capaz de volver a empezar, de olvidar lo aprendido y presentarme desprovista de cualquier vicio anterior, de juicios, de recuerdos a menudo borrosos. A veces, incluso de emociones que se quedaron atascadas. Pero no logro regresar al punto de inflexión y decir: ¿por dónde íbamos?

Dejo a medias, sin pudor, los libros que no me atrapan. Porque a estas alturas, no busco en sus páginas compañía ni entretenimiento. Quiero echarlos de menos, mendigar por un rato de soledad y de complicidad con ellos.

Alguna vez he vuelto a libros que cerré a saber en qué página con la intención de darles otra oportunidad. O de que me la den ellos a mí, claro. Pero jamás pretendo ahorrar en el camino. Las nuevas oportunidades parten de cero, de la página uno. Sin rencores. Muchas veces me sorprenden y me dejo sorprender sabiendo de sobra que pretendí fingir que no era para mí, que no era su momento,  cuando en realidad mi cabeza estaba en otro lugar mucho menos poético mientras lo leía.

El punto medio de las cosas es desalentador. Y da vértigo. Cualquier instante desde que tu avión despega es igual de incierto. Sin embargo, es ese segundo en mitad del Atlántico, cuando miras la pantalla que muestra la ubicación en tiempo real y te das cuenta de que estás en medio de la nada. Es ahí cuando te invade la ansiedad, la soledad. No te puedes quedar parado, ya no hay vuelta atrás. Volar es la única salida.

Reside un valor incalculable en la posibilidad de empezar las cosas de nuevo. Quienes tenemos memoria de pez lo disfrutamos en toda su plenitud porque somos capaces de volver a ver una película por primera vez decenas de veces, de olvidar lo que nos hizo daño, de reparar fisuras, de coser rotos y estrenar camisa.

El punto medio es, además, frustrante. Estás en una conversación con amigos y es tu momento para contar esa anécdota fantástica. Las buenas no se cuentan con prisa. Una se detiene en los detalles y en lo estrictamente descriptivo. Todo el mundo se arma de paciencia y te escucha porque quieren llegar al final de la historia. Saben que vas a recrearte en pormenores evitables pero que es un trámite necesario para conocer el desenlace. Entonces aparece un extra que interrumpe tu discurso, o una llamada inoportuna que te obliga a parar. O peor aún, tu historia despierta el recuerdo de otra persona que interviene transversalmente contando la suya propia. Ese minuto en blanco, esa milésima de segundo en la cabeza es más que suficiente para que todo lo anterior se borre de un plumazo. Para que dejes de ser interesante. Tú y tu historieta.  No puedes rescatar su atención. No puedes partir de cero. Tu única esperanza es buscar otro público.

Nunca vi el final de la serie The Office. Así que hace unas cuantas semanas decidí volver a ella. Temporada1, capítulo 1. Doscientos más por delante. Sabiendo que el camino será más largo, que regresaré a lugares donde ya estuve y que descubriré otros nuevos. Y ya estoy sufriendo pensando que en algún momento terminará. O que me detendré justo antes para evitar que termine.

Hay algo extraordinario en la oportunidad de empezar de nuevo. Nadie te asegura que no te vuelvas a atascar en el mismo punto una vez más. Pero si repites, seguro que no fue tan malo.

No importa el papel que interprete Matthew Macfadyen, que para mí siempre va a ser Tom, uno de mis personajes preferidos de «Succession». Quizá por eso no me entusiasmó su papel en “Quiz”, la mini serie basada en hechos reales sobre una pareja acusada de fraude en la versión británica de “¿Quién quiere ser millonario?”.

Vi la serie en cuanto se estrenó porque tengo una pequeña y discreta adición a este tipo de programas. Pueden pasar semanas o incluso meses sin que me acuerde de ellos, pero si por alguna razón tropiezo con uno, ya no puedo dejarlo hasta que termina. Y no me importa en absoluto si alguien argumenta su mérito en la dedicación absoluta o en mecanizados ejercicios de memoria. La vida tiene infinitas preguntas con sus infinitas respuestas. Pero no todas son correctas.

Hace unos días, uno de tantos fríos y desapacibles que hemos tenido este enero, me quedé en el sofá de casa cambiando de canal sin rumbo hasta que me detuve en uno de estos programas. Creo que no logré acertar una sola respuesta. Un fracaso del que me avergoncé en soledad, por suerte.

Cuando estaban terminando, el presentador formuló la última pregunta, esa en la que el silencio impera en plató y los focos se concentran sobre el concursante abrazando una ligera atmósfera de humo. La teatralidad sobrevenida por un efecto de luz o sonido es incomparable con cualquier otra.

La respuesta era tan clara y evidente que, sin lugar a dudas, el concursante la acertaría y se llevaría el premio. Falló. Me incorporé en el sofá, como si el hecho de estar desparramada como una manta mermase mi capacidad de percepción. Por un momento pensé que sería una broma propia de un tipo soberbio y sin gracia, que corregiría de manera inmediata retirándose con galardones y ovaciones. Un final colmado de honor, aplausos, abrazos, lágrimas y confeti. Lo que procede. Pero falló.

Había demostrado saber de todo, pero no supo la respuesta a la última pregunta, a la más sencilla. Y yo sí la sabía. Quería decirla, pero no había nadie por ahí que pudiese escucharme y de qué sirve el éxito si nadie lo presencia y te da una palmadita en la espalda.

En ese momento pensé en mi madre, recriminándome tantas veces mi habilidad para tener siempre la última palabra. Esa mala costumbre de terminar la conversación con un punto final. De ser tú quien cierra la puerta y da la espalda. Después te marchas con las piernas temblorosas pero con la cabeza firme. Por suerte, casi nunca se fijan en tus piernas.

Hace poco, un amigo me comentó que escribía siempre pensando en el final y a partir de esa idea construía el resto de la historia. Desde el principio sabía dónde quería llegar.

Es final es importante, por muy injusto que sea poner todo el peso de una historia en su desenlace. La última escena, la última página, el último encuentro, la última foto, el último beso, la última pelea, la última respuesta. Es posible que parte de la culpa radique en la propia acepción de la palabra. Último evoca un final, sentencia la posibilidad de que haya más.

Yo ya no intento tener la última palabra. Tengo un acuerdo tácito con mi vanidad para que ambas salgamos invictas de las situaciones más complicadas. Win-win. Cada vez pongo más comas y menos puntos. La vida con comas es mucho más pausada y, sobre todo, más sencilla. Esto sí que es importante.

Pensándolo bien, creo que me gusta tanto Tom Wambsgans porque él siempre parece ser ese personaje al que le cierran la puerta y al que le ponen el punto. Pero cuando llega el momento oportuno, la última palabra, la certera, es suya.

Gracias a esos innumerables hilos invisibles que trazan las redes sociales, hace un par de días encontré en twitter el enlace a una entrevista en la que el protagonista era alguien a quien yo conocí hace tiempo. Yo tenía unos dieciséis años cuando mi madre me envió a uno de esos campamentos donde aprendes inglés, haces deporte y subsistes por las noches a base de sándwiches de galletas Digestive y Nutella. Allí conocí a M, un chico de Madrid que me descubrió con sus auriculares a Antonio Vega y a los Pixies y a mí aquello me pareció lo más apasionante que me había pasado. Here comes your man, chica de ayer: El verano perfecto de la adolescencia.

Cuando nos despedimos y yo iba a regresar a mi casa, tras intercambiar direcciones postales con firmes promesas de eterno contacto, le dije: “Si vienes, avisa”.

Lo último que yo esperaba era que M apareciera quince días después en la puerta de mi casa. Sorpresa, estoy aquí. No fui una gran anfitriona y mirándolo con perspectiva, tampoco una gran amiga. De hecho, fui una mala conocida, que es lo peor que se puede ser. A menudo pienso  que, en su lugar, yo hubiera huido despavorida al ver mi cara descompuesta.

M tuvo la valentía de aguantar unos cuantos días y eso, con dieciséis, vale el triple. Después se marchó con firmes promesas de eterno odio.

Quizá debí ser más concreta: “Si vienes, (dentro de un tiempo y seguimos enviándonos cartas, compartiendo canciones y llamándonos de vez en cuando y yo qué sé, si me avisas un par de días antes de tocar en la puerta de mi casa porque nunca se debe aparecer en una casa por sorpresa, en tal caso,) avisa”. Nunca se me ha dado bien aplicar las elipsis de manera correcta ni en el momento adecuado.

Mi casa es tu casa. Tenemos que repetir. Cuenta conmigo. Si vienes, avisa. Me pregunto cuántas veces son frases sentidas y cuántas coletillas mecanizadas que rematan conversaciones a golpe de cortesía facilona.

Con los años me he vuelto como M. Confío en la firmeza de una promesa, en el valor de las palabras. Incluso en aquellas que nunca se pronuncian en voz alta. Imagino que él aprendió a no llamar a la puerta de una casa sin saber con certeza si hay sitio para uno más.

Pero ojalá no. El mundo está lleno de gente prudente y certera y casi siempre, el riesgo es vida.

Hay un recurso que se ha utilizado en series y películas hasta decir basta. La propietaria de una mascota se va de viaje y deja al cuidado de la criatura a su hermana, su pareja o su mejor amigo. Por algún tipo de negligencia, durante este tiempo la mascota se muere y el responsable trata de paliar la pérdida comprando un animal similar. En ocasiones, cuestionando la inteligencia del dueño, como si no se fuese a percatar del cambio. En otras, como premio de consolación. Algo así como “inténtalo con uno nuevo”. Nunca le he visto la gracia a esto.

Creo que no soy excesivamente nostálgica pero miro con cierto recelo a quien es capaz de sustituir algo importante sin que le tiemble el pulso.

Me costó años deshacerme de mi coche anterior. Me había acompañado durante mucho tiempo y no me había fallado jamás. Ese coche tenía recuerdos, kilómetros de canciones, risas, peleas, preocupaciones, cafés y fiestas. También tenía años, pero la mera idea de sustituirlo con el único pretexto de pasar de un coche de marchas a uno automático me espantaba. Ese apego que padecemos algunas personas hace que solo se justifique el cambio cuando viene avalado por una razón de peso.

Durante años, estuve comprando pan a diario en una pequeña panadería del barrio. Antes de volver a casa al mediodía, pasaba por allí y cogía mi barra, envuelta en papel de estraza. Con suerte, me tocaba una hornada reciente y antes de salir ya había cortado un pedazo de pan caliente. Pocos placeres más sencillos. Cuando volví de unas vacaciones de verano y regresé ese primer lunes de trabajo a mi panadería, había sido sustituida por un local de venta de cables, enchufes y cargadores.  Sin aviso, sin despedida, sin nota de traslado. Está de más decir que no entré jamás en aquella tienda.

Hace un par de días mi amiga Silvia me dijo, haciendo referencia a la gente con la que nos vamos cruzando en la vida: “Últimamente bajo a más gente del tren de la que subo”. No me pareció preocupante, ni triste. Ni siquiera extraño. Algunos se bajan porque se han cansado de viajar o porque han llegado a su destino. Otros suben en una parada que no esperabas, se sientan a tu lado y te dan la conversación y la compañía que estabas esperando. Pero ni siquiera los que bajaron para subirse a un tren con otra dirección pueden ser sustituidos por nuevos viajeros. Solo una memoria mezquina querría hacer desaparecer el recuerdo de un recorrido en buena compañía.

Un vagón medio vacío siempre hace que el trayecto sea más cómodo, pero es imposible olvidar a quien fue un buen compañero de asiento. Te olvidas del sabor de aquella barra de pan, pero no del calor en las manos en los días más fríos, cuando te daban una recién salida del horno. Te olvidas de cómo se conducía con marchas, pero no de la música que en él sonaba y que hacía que ese coche fuera solo tuyo.

Sustituir es olvidar, de alguna manera. Y a mí no me gusta olvidar.

(«Nunca se olvida, simplemente se aprende a pretender que no se recuerda».)